Argentina volvió a ocupar la cima del tenis de mesa continental. El seleccionado masculino venció 3-2 a Brasil en la final del Campeonato Panamericano de Lima y defendió el título por equipos. La victoria entregó la segunda corona de la historia nacional en esta modalidad y, además, aseguró una plaza para los Juegos Panamericanos de 2027, una consecuencia que proyecta el resultado más allá del podio inmediato.
El equipo estuvo integrado por Horacio Cifuentes, Santiago Lorenzo, Francisco Sanchi y Martín Bentancor, bajo la conducción de Franco Piruzzi. La formación combinó experiencia internacional, capacidad para soportar series largas y alternativas para modificar los emparejamientos. En un torneo por equipos, esa profundidad importa tanto como el rendimiento individual, porque cada punto altera la presión del siguiente jugador y obliga a tomar decisiones tácticas rápidas.
La final frente a Brasil llevó la tensión hasta el quinto partido. Cifuentes ganó sus dos encuentros individuales y sostuvo a Argentina en los momentos de mayor exigencia. Con la serie igualada, Lorenzo asumió el punto definitivo y cerró el 3-2. El oro se construyó, por lo tanto, con un líder que respondió dos veces y un cierre que necesitó precisión técnica, control emocional y confianza colectiva.
El recorrido había comenzado con un pase directo en los octavos de final gracias a la posición argentina en el ranking. Ese beneficio no disminuyó la dificultad posterior, pero permitió entrar en la fase decisiva con menos desgaste. En cuartos de final, el seleccionado derrotó 3-1 a Colombia y confirmó que la condición de campeón defensor podía sostenerse ante un rival capaz de incomodar desde estilos diferentes.
La semifinal elevó el nivel de peligro. Estados Unidos extendió la serie hasta cinco partidos y obligó a Argentina a convivir con un margen mínimo. El 3-2 no fue solo una clasificación: funcionó como preparación para la final, porque exigió administrar cambios de impulso, recuperarse después de cada punto cedido y mantener una lectura común cuando el desenlace dependía de pocos intercambios.
Brasil ofreció otra prueba de máxima jerarquía, con una rivalidad que atraviesa muchas disciplinas sudamericanas. Ganar una definición tan cerrada ratificó la competitividad de una generación que ya había alcanzado el primer título. La condición de bicampeón no significa repetir una fotografía, sino sostener rendimiento frente a rivales que conocen las fortalezas argentinas y preparan sus planes específicamente para neutralizarlas.
La clasificación a los Juegos Panamericanos de 2027 permite ahora planificar con una certeza importante. Habrá que sostener competencia internacional, administrar la evolución de los cuatro jugadores y ampliar la base sin perder el funcionamiento colectivo. Lima dejó una medalla de oro, pero también una referencia para el ciclo siguiente: Argentina puede resolver eliminatorias extensas, responder bajo presión y defender una posición continental que ya dejó de ser excepcional para convertirse en objetivo permanente.